martes, 17 de marzo de 2009

De claris mulieribus

Del libro Autobiografía no autorizada
En preparación


Soy de Bulgákov la Margarita que aventura en escoba demoníaca,
y también la Margarita enamorada que tose sangre sobre sus camelias.
Soy en Yautepec Manuela que, mojada por tormenta indispensable,
cabalga hacia Xochimancas; y Emma Bovary en el castillo de Andervilliers
o en su farmacia ambigua, purgatorio definitivo.

Soy la geográfica Alicia que viaja por su túnel vertical,
y Eugenia Grandet que amenaza con arrancarse la vida
si su padre profana el cofre que es reliquia.
Soy la pastora Marcela que lava sus manos ante el suicidio de Grisóstomo.
Soy Pragedis, que recoge con santa esponja
la sangre de los mártires después del suplicio,
y de la Ginecomaquia la hermana Serafina en el pabellón amarillo,
como a las once y media de la noche.

Soy Doralice en brazos tártaros enredada, y la frívola Angélica de Catay,
ofrecida al apetito de monstruo marino.
Soy Desdémona que pierde su pañuelo, y también la bruja que lo bordó.
Soy, entre las hijas de Bernarda, la rebelde Adela.
Soy Iría Clarós en la suite del Hotel Saint Michel,
y Lola en el cementerio con Pascual Duarte encima.

Soy la invencible Bradamante, loca de amor, por las gargantas pirenaicas.
Soy, diría el dromedario dramaturgo, nodriza con privilegios de nobleza.

Soy el Cielo de agujeros aromaticos, históricos, necesarios,
incandecentes, indecentes, impacientes.

Soy Dido, con apócrifo Ascanio entre los brazos
(tuve, como Arturo en el infierno, la belleza en mis rodillas),
o tal vez la misma fenicia pero en los Campos Llorosos.
Soy la enervada Matilde en la biblioteca, con Julián Sorel,
y la Isabella que tiembla en subterráneo de Otranto,
perseguida por un Manfredo desorbitado;
o tal vez Hipólita desdeñada.

Habito, pues, el gineceo de la fantasía memorable,
conozco el perfume de sus muebles
y los espejos que los reflejan inclinados.


2 comentarios:

  1. Un día de estos me vas a dejar recitar uno de tus poemas?

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  2. Ay, Lu, qué gran honor. ¡Por supuesto!

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